Era un lunes por la mañana, cerca
de las once. Judy acababa de volver del supermercado al apartamento de Cypress
Way, en el que vivía con su marido. Hacía sólo siete meses que se había casado
con Tom Ralston, cuando lo licenciaron del Servicio de Transmisiones del
Ejército después de realizar unas maniobras en Alemania.
Tom la había convencido de que
dejase su trabajo de camarera en un restaurante céntrico, lo que acabó
revelándose como un error. Desde entonces Judy se sentía sola e inquieta, sin
otra cosa que hacer que caminar arriba y abajo por el apartamento, nerviosa,
leer o mirar la televisión, hasta que Tom regresaba a la hora de cenar.
Judy, de veintitrés años, tenía
un precioso pelo castaño, y sólo una nariz irregular y unos dientes ligeramente
salidos afeaban algo la agradable fisonomía de su rostro. Cuando se casó con
Tom su silueta tenía unas proporciones seductoras. Sin embargo, a causa del
aburrimiento y la ociosidad había engordado hasta el punto de que su sola
presencia sugería la idea de sobreabundancia.
La muchacha ordenó los
comestibles que había comprado para la semana, guardando la carne y otros
alimentos perecederos en la nevera y colocando el resto en los estantes
correspondientes. Estaba ajustando el rollo de papel de cocina en el soporte
cuando sonó el timbre.
A través de la mirilla de la
puerta Judy observo que quien llamaba era una mujer joven que lucía un vestido
de punto color rojo, muy elegante. Bajo el brazo llevaba un maletín que
sostenía con una mano cubierta con un guante blanco. Era muy bonita y
permanecía allí, alta y orgullosa, con aire de suficiencia.
Judy abrió la puerta.
-Buenos días, querida -dijo la
mujer con una sonrisa que, aun siendo encantadora, no revelaba nada de sí
misma-. Me llamo Sheila Newberry -prosiguió con una voz que indicaba plena
seguridad en sí misma-, y le traigo un primoroso regalo de Global Electric, la
empresa que fabrica las mejores radios portátiles.
Hizo una pausa, separó los labios
con expresión expectante y miró a la muchacha sin pestañear.
-Bueno, no está mal... Global
Electric -dijo Judy-, pero...
-No estoy vendiendo nada,
querida, sino promocionando la nueva radio portátil Spaceway. Estoy segura de
que a su marido le interesará.
-Tal vez -admitió Judy-, pero
ahora está trabajando. Además, no vale la pena que le haga perder el tiempo,
porque me temo que ahora mismo no tenemos dinero para lujos.
-Oh, perdóneme, querida, tal vez
me haya explicado mal. No hay que comprar nada, ni gastar un centavo siquiera.
Queremos regalarle una de nuestras pequeñas radios. Se trata de una promoción.
Distribuimos estas portátiles nuevas a personas determinadas de distintos
lugares, y todo lo que pedimos a
cambio es que usted muestre la
nue-
va Spaceway a sus amigos y les
diga dónde han de ir para comprar una igual.
-Oh, eso es diferente -exclamó
Judy con un pequeño suspiro de alivio-. Pero ¿por qué me han elegido a mí?
Sheila Newberry soltó una risita
sofocada. Con vergüenza fingida se cubrió delicadamente la cara con la mano
enguantada.
-Bueno, me ha pillado, cariño. En
realidad, escogemos a la gente más o menos al azar. No obstante, una vez que
alguien posee una Spaceway, ya se convierte en una persona especial. ¿Me
entiende, querida?
-Sí, supongo que sí. -Judy rió
con amabilidad-. ¿Me enseña la radio?
-¡Cielo santo, aún no le he
mostrado esta maravilla! Enciéndala y quédesela. Ése es el nombre del juego,
cariño.
Sheila abrió con rapidez el
maletín, introdujo la mano, sacó la radio y la sostuvo en alto con un ademán de
triunfo.
La parte delantera era de ébano
brillante y el borde, de metal reluciente. En el dial se apreciaban números
verdes y dorados, al lado de un reloj diminuto que era un primor.
-¡Es preciosa! -exclamó Judy.
-Sí, ésa es la palabra, querida
-coincidió Sheila-. Tiene tanto AM como FM, un despertador eléctrico que
funciona emitiendo música suave y una antena plegable. No obstante, es tan compacta
que cabe en un bolso grande. Además, suena la mar de bien, ¿quiere oírla?
-Sí, desde luego.
-Perfecto, cariño. ¿Me enseña dónde puedo enchufarla?
-¿No funciona con pilas?
-sí, pero como se trata de un
regalo no las incluyen. Lo siento. -Hizo un gesto burlón.
Judy se apartó de la puerta.
Sheila entró y echó un vistazo.
-Qué apartamento más bonito.
¿Viven los dos solos, querida? ¿No tienen niños?
-Es que llevamos casados poco
tiempo.
-Ya, entiendo.
-Hay un enchufe ahí, debajo de la
mesa.
Sheila enchufó la radio, la puso
encima de la mesa e hizo girar el dial. Pasó por un sinfín de son¡dos y
emisoras, sin quitarle ojo a Judy, con una sonrisita curiosa; su expresión no
parecía tener nada que ver con el asunto por el que se encontraba allí, era
como si su atención hubiera pasado de repente a centrarse en otra cosa.
Judy llegó a la conclusión de que
la mujer tenía unos ojos extraños. Daban a entender algún propósito disimulado
que trascendía el instante que ambas compartían.
A pesar de que Judy había
permanecido de pie, Sheila, aun sin ser invitada, se sentó en una silla. Detrás
de ella, la radio portátil sonaba a todo volumen y llenaba el espacio con la
estridente música de un conjunto de rock.
Cruzó las largas y delgadas
piernas, que llevaba embutidas en unas medias opacas perfectamente ceñidas de
color azul marino. Alrededor del cuello lucía un pañuelo blanco y azul que caía
sobre su generoso pecho. El cabello muy oscuro, se derramaba sobre los hombros
y contrastaba con la piel muy tersa y blanca.
-¿Cómo te llamas, cariño?
-preguntó con un tono hasta cierto punto impertinente.
Indecisa, Judy tomó asiento en el
borde de una silla, delante de Sheila. Quería librarse de la mujer y quedarse
con la radio. Tenía que hacerlo con delicadeza pero también con rapidez, pues
en Sheila Newberry se advertía una cierta hostilidad que traslucía una amenaza
solapada; Judy se sentía nerviosa, intimidada.
-Me llamo Judy Ralston -dijo con
una voz débil que asomaba tras la música chillona de la preciosa radio.
Sheila asintió.
-ConqueJudy.. Vaya nombre
ridículo. No dice nada, no tiene ningún contenido.
-¿Ah, sí? -Judy trataba de
ocultar su fastidio-. Bueno, por desgracia no nos preguntan nuestro parecer
cuando nacemos.
Sheila apretó los labios.
-Y, desde el día que naciste,
¿has hecho alguna vez algo salvaje y perverso, algo realmente apasionante, Judy?
¡Ja! Apuesto a que no. Eras una buena niña que hacías lo que papá y mamá te
decían. Te creías todas las estúpidas mentiras sobre la vida y sobre cómo había
que vivir de manera decente (y aburrida) de acuerdo con una conformidad propia
de tu clase social. Y después te casaste con algún palurdo que tendría tu misma
falta de imaginación.... naturalmente. Y, por supuesto, te morirás sin saber
nunca de qué va todo esto. Pobre Judy.
Judy apretó los dientes.
-¡Ya basta! -exclamó-. No tengo
ningún interés en su opinión personal sobre mí...
-Por otro lado -continuó Sheila
haciendo un imperioso gesto de silencio-, quizá me esté precipitando. Mi madre
solía decir que nunca hay que hacer juicios apresurados sobre la gente. Y las
madres siempre tienen razón. -Asintió, dando a entender la sensatez de tal
concepto-. Sí, es posible que detrás de la gris ama de casa haya otra Judy
escondida, una mujer depravada poseedora de los secretos más fascinantes.
Querida, soy una oyente empedernida. Me encanta contribuir a que se revelen el
pecado y el vicio. Cuéntale a Sheila tus secretos más tenebrosos. Muéstrale
cómo la chica atrevida se retuerce para librarse de la Judy modosita.
Judy se levantó y se alisó la
falda con manos trémulas.
-Salga de aquí ahora mismo
-dijo-. No sé a qué juega, pero es evidente que no está bien de la cabeza.
Deberían prohibirle andar por la calle y acercarse a las casas de la gente
normal. Váyase y no vuelva, de lo contrario no tendrá que vérselas sólo
conmigo. Ah, y llévese su maldita radio. Ya no la quiero.
Sheila también se levantó.
-Me alegra que no quieras la
radio, querida. No tenía intención de dejarla. Cielo santo, me costó treinta y
dos con cincuenta, impuestos aparte. -La metió en el maletín, que había sostenido
todo el rato en el regazo-. De todas formas, tengo un regalo para ti, cariño.
Levantó un cuchillo de caza,
alegremente labrado y con una hoja ancha y brillante.
-Es uno de los caros. Del mejor
acero. Es precioso, ¿no? Y muy práctico. Esta vez, querida, no voy a
decepcionarte. Haré que te quedes este hermoso cuchillo. Todo entero. ¡Para
siempre!
El sargento detective de
homicidios permanecía de pie en el pasillo junto a su compañero, mirando cómo
llevaba hacia el ascensor el cadáver de Judy Ralston, envuelto en una manta.
Por todas partes había periodistas y fotógrafos. Algunos ya se apiñaban en los
coches para salir disparados mientras otros se precipitaban hacia las
escaleras. El sargento sacudió la cabeza.
-Je habías encontrado antes con
algo así, Nate? -preguntó.
-No. Una vez vi a una mujer que
fue arrollada por un tren de mercancías. No obstante, creo que quedó mejor que
ésta.
El sargento le dio una calada al
cigarrillo.
-Tendría algún sentido si también
hubiera habido violación. Pero no es así. El médico dice que el miserable
piojoso se limitó a descuartizar a la pobre chica. Algo desproporcionado. Acaso
un acto de venganza. ¿Qué te parecería llegar a casa para cenar y encontrarte
sobre la cama un cadáver cortado en rebanadas?
-Sería incapaz de soportarlo,
Ben. Sobre todo si se tratara de mi esposa.
-Tom Ralston tampoco ha podido.
Se ha quedado ahí sentado, con la mirada perdida. Es como un vegetal.
-Judy Ralston, un cordero para el
sacrificio.
El sargento apretó los labios.
-Quizá no fue exactamente un
cordero.
-¿Cree que tenía alguna aventura?
¿Algún amante?
El sargento se encogió de
hombros.
-Tal vez. Porque el tío no entró
por la fuerza. ¿Hubiera dejado entrar ella a un desconocido? Bien, ya lo
averiguaremos. Sin embargo, una cosa sí es segura: estamos ante un psicópata.
Un ser humano en sus cabales no realiza esa clase de mutilación. Sí, ha de ser
un perturbado mental. Pero inteligente. No ha dejado ningún rastro. Ni el arma,
ni pistas...
-Todavía hemos de examinar las
huellas dactilares.
El sargento resopló.
-Haría falta mucha suerte, Nate.
Si ese tipo ha sido consecuente, ninguna de las huellas que encontremos será
suya.
-En ese caso, sólo nos queda una
esperanza -señaló Nate-: ese pequeño deportivo rojo que la portera vio aparcado
delante del edificio. No pertenecía a ninguno de los inquilinos ni a nadie que
hubiera ido de visita. La mujer sabe que era un Triumph porque su hermana tiene
uno verde igual.
El sargento rió con sarcasmo.
-Desde luego, pero no anotó la
matrícula. Y ¿cuántos coches como éste y del mismo tamaño hay en la ciudad? Es
una pista muy poco útil. De todas formas, investigaremos a conciencia a los
propietarios de un Triumph deportivo rojo. Y si nos traen todos los carnets
quizá podamos verificar la lista de sospechosos antes de que nos llegue la
jubilación.
Ya eran más de las once de la
mañana del día siguiente, viernes. Sheila Newberry -bautizada en el titular de
un periódico como el Descuartizador Loco y conocida en algunos barrios como
Bobby De Marco- bostezó, se enderezo y se levantó despacio apartando las
lujosas y acogedoras sábanas de su enorme cama.
Bobby se echó sobre el pijama una
fina bata de seda bordada con complicados dibujos orientales sobre un fondo
escarlata. El rojo era su color favorito. El rojo era vivo, vibrante. Sugería
la auténtica materia de que está hecha la vida.
La única posesión de color rojo
de la que tenía que desprenderse era el pequeño deportivo Triumph La cabeza de
Bobby sabía que Sheila era un genio, pero mortal a pesar de todo, por lo que
resultaba lógico que cometiese una pifia de vez en cuando, como había sido en
el caso de ese coche rojo.
Algún periodista estúpido había
señalado la existencia del Triumph y se hablaba de ello en la primera página.
De modo que debería deshacerse de ese encantador trasto con ruedas y buscarle
sustituto. Entretanto, tomaría el autobús, el tren... ¡andaría! «El caso es
llegar, pequeña, ¡sencillamente llegar! ¿Entendido, Sheila?»
Bobby metió sus bien cuidados
pies en unas zapatillas, se dirigió hacia el ventanal y descorrió la cortina.
Un rayo oblicuo de sol penetró en la habitación, iluminando el bonito rostro de
Bobby, quien, entrecerrando los ojos, miró hacia el parque que bordeaba el
opulento barrio de Glenview. El parque se extendía varias manzanas hacia el
norte mostrando una bien cuidada vegetación; en él crecían árboles añosos e
imponentes, espléndidos y tupidos arbustos y llamativos arriates; asimismo,
presumía de sus pistas de tenis, sus campos de juegos y su anfiteatro.
«Un magnífico lugar para vivir
-pensó Bobby-. ¡Un sitio hermoso!, ¿verdad, Sheila?»
Animado por el sol, Bobby se puso
boca abajo e hizo una serie de flexiones seguidas de varios ejercicios. Aunque
esa rutina diaria no lo agotaba en absoluto, Bobby siempre la abandonaba al
cabo de pocos minutos. Era un imperativo mantener impecable y en forma aquel
cuerpo maravilloso. Sin embargo, un exceso de ejercicio muscular provocaría un
desarrollo excesivo de sus bíceps. «A ver, Sheila, ¿te quieres parecer a un
levantador de pesas?»
En el cuarto de baño, Bobby se
afeitó cuidadosamente, inspeccionando al detalle su piel aterciopelada bajo la
ampliación de un espejo de mano, para que no quedasen vestigios de su vello
rubio.
A continuación se cepilló con
fuerza los dientes, pequeños y perfectos. Tomó una ducha, se roció con colonia
y se acicaló. Después, llevando todavía la bata, pero protegiéndola con un
delantal ribeteado de volantes y estampado con colores llamativos, se preparó
un frugal desayuno, bajo en calorías para evitar que Sheila se volviera más
fláccida y regordeta.
Acto seguido, se sentó y quedó
como paralizado en una silla de la sala de estar. Con la cabeza levemente
inclinada y los ojos cerrados, volvió la mirada hacia dentro y la fijó en la
visión de sí mismo. Imágenes vivas, tanto sensuales como violentas, se
proyectaban en la oscura pared de su cerebro, y todas concluían con un sonido.
Sobre todo, un sonido de voces. Y unos gritos lejanos.
Con las imágenes vino el hambre
insoportable, y supo que había llegado el momento de ponerse otra vez en
marcha. El hambre, reprimida durante demasiados años, era ya inaguantable, y a
causa de ella, había que sacrificar, castigar, a otra tentadora.
Abrió el armario especial de
Sheila y examinó con ojo experto la ordenada hilera de vestidos. Para esa
ocasión se decidió por un conjunto, el beige de punto. Sí, y la chaqueta verde
con guantes a juego. Sencillamente delicioso. ¡Perfecto!
Contemplándose atentamente en el
espejo del tocador, Bobby completó el aspecto de Sheila poniéndose una peluca
negra sobre el pelo rubio. Luego escogió una serie de cosméticos. Pocas mujeres
estarían a su altura en el arte del maquillaje. Un exceso de éste daría como
resultado algo burlesco, una caricatura de Sheila. Si era escaso, podría
detectarse la sombra de Bobby tras la máscara.
Una vez que hubo terminado, sólo
quedó Sheila, en cuerpo y alma. En el espejo de cuerpo entero, Sheila sonrió,
guiñó un ojo y se proclamó a sí misma encantadora y totalmente femenina.
Tomó de un estante el maletín que
contenía la preciosa radio portátil. A continuación, del cajón de un escritorio
sacó el bonito cuchillo de caza, cuya implacable hoja estaba recién afilada y
revelaba un aspecto frío y quirúrgico.
Sheila metió en el maletín esas útiles herramientas mientras para tender trampas y diseccionar, se puso la chaqueta y los guantes y partió en busca de una segunda víctima.
Susan Brandy, una joven rubia y
bajita que lucía minifalda y botas hasta la rodilla, caminaba con brío desde el
centro comercial subiendo por el Grand Boulevard, hasta que dobló en Logan
Street. Bajo la resplandeciente luz de aquella hora temprana de la tarde, a
Susan jamás se le habría ocurrido que alguien pudiera seguirla, mucho menos una
mujer. Así que, cuando entró en el dúplex en que vivía no advirtió que Sheila
la vigilaba disimuladamente desde una esquina.
Susan acababa de sentarse en una
silla y estaba leyendo el periódico que había comprado, cuando sonó el timbre.
Dejó el periódico a un lado y fue a abrir.
Le pareció que la mujer debía de
tener unos treinta años. Su impresionante figura estaba cubierta por un
conjunto beige de punto sobre el que llevaba una chaqueta verde. También lucía
unos guantes a juego. Era llamativo el contraste del largo cuello oscuro con la
pálida piel de su delicado rostro. Tenía unas largas pestañas y unos ojos
grandes, extraordinarios, que, como la boca -de color rosa intenso-, daban la
impresión de despedir un ligero tono burlón.
Susan observó el maletín de cuero
marrón y se preparó de inmediato para hacer frente a una vendedora charlatana.
-Buenas tardes, querida -dijo la
mujer, y soltó una sonrisa de neón-. Me llamo Sheila Newberry y trabajo para
Global Electric, fabricante de las radios portátiles Spaceway. Oh, Dios mío...,
creo que se equivoca usted, porque le aseguro que no intento venderle nada,
cariño. Estoy regalando varias de estas preciosas radios como parte de la
campaña de promoción del nuevo producto. -Metió la mano en el maletín, sacó la
radio y la sostuvo en alto con gesto teatral, exclamando-: ¡Aquí está! ¿Le
gusta? Es preciosa, ¿verdad?
Susan asintió.
-Sí, pero seguro que hay gato
encerrado -dijo.
-Nada de gato encerrado, querida.
Voy a ponerla en marcha y le mostraré los ingeniosos artilugios que lleva
incorporados; le aseguro que no encontrará nada igual en ninguna radio portátil
de este tamaño. Y si queda totalmente convencida de las maravillas de tan
fantástico aparato, ¿estará dispuesta a enseñárselo a sus amigos y a
recomendarles que compren una igual? Porque, querida, todo lo que usted tiene
que hacer es difundir la buena nueva de Spaceway.
-Sabía que había algún truco
-dijo Susan-, aunque, si es seguro que no va a costarme nada, tampoco es pedir
tanto. Estaré encantada de hacer propaganda de la radio entre mis conocidos.
Incluso mencionaré su nombre, señorita.
-¿En serio? ¡No sé cómo
agradecerle su amabilidad! Bien, pues sugiera a sus amigos que cuando vayan a
comprar la radio digan: «Me envía Sheila Newberry», ¿de acuerdo? Y ahora, dado
que las portátiles que se regalan no incluyen las pilas, tendremos que
enchufarla en algún sitio si quiere que le haga la demostración.
-Ah, ya. Bueno, entonces pase,
señorita Newberry.
Entraron y Susan cerró la puerta.
Unos cuarenta y cinco minutos más tarde, todavía elegante y serena, con la ropa
impecable salvo por ciertas manchas rojas en los guantes verdes, que había
escondido en el maletín, Sheila Newberry reapareció en el camino de entrada al
dúplex y empezó a andar a buen paso por Logan Street. Con la suerte de los
malvados, a una manzana al este, en el Grand Boulevard, tomó un autobús en
cuestión de segundos.
Unos días después, y a unos cuantos kilómetros de distancia, Sheila sintió de nuevo la tentación. Y a la tercera «tentadora» la «castigó» con crueldad aún mayor. La sacrificada en el altar de la extraña hambre de Sheila fue una enfermera del turno de noche, de veinticuatro años, a la que acuchilló hasta la muerte en su apartamento. No había pistas ni sospechosos.... ni siquiera el pequeño Triumph rojo.
La enfermera se llamaba Louise
Hemming. Era una chica soltera que vivía sola y, con mucho, la más atractiva de
las tres víctimas. Para desconcertar aún más al creciente número de policías,
criminólogos y psiquiatras destinados a desenmarañar el caso, había sido
violada.
La noche del asesinato de Louise
Hemming, la actuación estelar de Bobby De Marco en el Cherchez La Femme estuvo
lejos de su nivel habitual. Entre un número y otro Bobby había estado bebiendo
sin parar. El incesante bombardeo de los medios de comunicación, que se hacían
eco de la atrocidad y el horror revelados en la tercera carnicería ejecutada en
una víctima inocente, había hecho añicos el tono afectado e indiferente de sus
baladronadas.
El Cherchez La Femme era un club
nocturno nada convencional en el que los travestidos hacían sus números mejor y
de forma más convincente que en cualquier otro lugar parecido de la ciudad.
Anunciado como Sheila Rose, Bobby de Marco era la estrella del espectáculo.
Cuando la gente decía que Bobby era «maravilloso», no hablaba de su
personalidad, que era equívoca y misteriosa. El elogio se refería en exclusiva
a la simetría clásica de sus rasgos y al garbo de su silueta -de hombre- y, muy
especialmente, a su papel nocturno de mujer.
Sus compañeros de reparto, sus
amigos e incluso sus enemigos aseguraban que, fuera del mundillo, cuando Bobby
se vestía para salir a escena, nadie era capaz de detectar al hombre que había
tras la mujer.
El espectáculo del Cherchez La
Femme era una imitación de las revistas genuinas, en las que quienes despliegan
su talento son mujeres auténticas. Como primer actor, Bobby De Marco se
colocaba en la parte central y frontral del coro. Cantaba solos, actuaba en
números cortos satíricos y contaba chistes picantes. Casi al final de la
revista, hacía un semi strip-tease magistral, divertido y, sin embargo,
extrañamente provocador.
Los últimos saludos al público
acontecían a la una y media de la madrugada, y se servían copas hasta las dos.
Por regla general, Bobby se quedaba tomando un cóctel hasta que cerraban, pero
esa noche estaba desesperado por marcharse, por refugiarse en el santuario de
su apartamento, lujoso y decorado hasta el exceso. En las distorsiones
provocadas por el miedo, llegó a imaginar que detrás de los focos había una
hilera de detectives con cuya mirada penetrante acaso habían puesto al
descubierto sus encarnaciones en otras personas, el secreto de la actuación de
Sheila Newberry en tres actos de horror inimaginable.
De modo que, en el instante mismo
en que cayó el telón, Bobby volvió a su camerino. Ya había decidido que no se
pondría los pantalones ni la cazadora, porque los periódicos hablaban de una
peligrosa bestia en forma de hombre a la que atribuían una fuerza enorme y gran
estatura.
Descolgó del armario un abrigo
con adornos de piel y se lo puso encima de la bata de satén, metió la cartera
en un bolso de noche y se dirigió a toda prisa hacia la salida de atrás. Lo
había hecho todo sin ser visto cuando una de las «chicas» del coro salió del
lavabo de caballeros y se cruzó en su camino.
-¡Bobby! -exclamó-. ¿Dónde vas
vestido así? Escucha, cielo, sabes muy bien que la ley prohibe pasear por la
calle disfrazado de mujer. Si la bofia te pilla, no me llames, Bobby, pequeño.
Sólo recuérdalo.
-Venga, cállate y ve a jugar con
tus muñecas -soltó Bobby entre dientes. Dio un empujón a su colega y cruzó la
puerta.
Estaba en el aparcamiento, pero
no había ningún pequeño Triumph rojo con el que ir rápidamente a casa. Lo había
llevado al taller de reparaciones de una ciudad cercana para que lo repintaran
de un azul oscuro. Lo conducida hasta su ciudad natal, a más de quinientos
kilómetros al este, lo daría como entrada de otro grande y totalmente distinto,
haría una breve visita a su madre y regresaría.
Ojalá pudiera confesárselo todo a
su madre, porque ella era la única persona capaz de entender cuán confuso se
sentía. Después de muchos años de desempeñar el papel de chica, en el fondo
Bobby se había convertido en una mujer, a pesar de que despreciaba a las
mujeres en esos momentos en que ejercían sobre él la atracción que su madre
censuraba.
Esas mujeres malvadas lo tentaban,
¡y por eso debían ser castigadas! Como decía a menudo su madre: «Cuando el
árbol perverso de la seducción de la mujer madura, ¡hay que talarlo y
destruirlo! ». Y su madre siempre tenía razón.
Bobby cruzó el aparcamiento,
cortó por un callejón y de allí tomó una calle que se hallaba una manzana más
lejos. Al cabo de otra manzana alcanzó una parada de taxis, pero, al estar
desierta, se acercó con sigilo a una de autobús y esperó con loca impaciencia,
echando de vez en cuando un vistazo en dirección al club, por si lo seguía
algún poli perspicaz que hubiera estado entre el público.
El Cherchez era un lugar de
reunión de ciertos personajes dudosos y la poli se pasaba por allí a menudo.
Disfrazado de Sheila, Bobby
pensaba como Sheila, y mientras Sheila aguardaba el autobús, un viejo sedán se
detuvo junto al bordillo.
-¿Quieres que te lleve, nena? -El
hombre tenía ojos de viejo en una cara aniñada.
-Me parece que no -respondió
Sheila-. ¿Por dónde vas, cariño?
-Por donde vayas tú, pequeña.
-Lo siento -dijo Sheila, que se
sentía ligeramente divertida a pesar de la tensión del momento-. Mi madre me ha
dicho que no me suba a coches de desconocidos, y a ti no te conozco de nada.
El hombre arrancó haciendo
chirriar los neumáticos.
Sheila advirtió que un par de
hombres que vestían traje oscuro se acercaban a pie desde el club. De inmediato
reconoció a uno de ellos. El propietario del Cherchez le había dicho alguna vez
que era un poli de la brigada contra el vicio. De vez en cuando se presentaba por
sorpresa en el club y durante horas permanecía sentado a la barra con la única
compañía de una cerveza. La cara del otro, evidentemente miembro de la misma
brigada, no le sonaba de nada.
Sheila se preguntó si los polis
emparejarían «vicio» con «homicidio», y cuando observó que se detenían para
encender un cigarrillo mientras cambiaban comentarios en voz baja con el rostro
inexpresivo, sintió que se hallaba al borde de un ataque de nervios.
En aquel preciso instante el
autobús llegó con gran estrépito y se paró con un lastimero suspiro de los
frenos. Sheila subió de inmediato. En el último momento los polis lo hicieron
también, con la elegante habilidad de profesionales físicamente disciplinados.
Acto seguido, como si de un procedimiento fijado se tratara, se desplazaron a
la parte posterior del autobús, donde se sentaron en silencio y con expresión
severa, como si no estuvieran atentos a nada aunque sí en condiciones de verlo
todo.
Sheila se sentó en el asiento más
cercano a la puerta de salida. Hizo una serie de movimientos femeninos, como
recoger el abrigo para ocultar el excesivo escote o alisarse la falda de raso
sobre las medias negras.
Cuando el autobús empezó a
traquetear, Sheila miró de soslayo a los polis, y advirtió que fingían
conversar animadamente. Aquello la desconcertó. ¿Por qué habían decidido subir
al autobús y señalar su presencia a la omnisciente Sheila? ¿Por qué no la
siguieron en uno de los pequeños sedanes grises de la brigada? En ese caso,
podrían haberse abalanzado sobre ella a voluntad en cuanto se apeara.
Sheila se preguntó qué pensada
Bobby de todo eso. Bobby creía que era porque él iba vestido de mujer y antes
de proceder a la detención ellos querían observar cómo se conducía en el
autobús.
En todo caso, que la detuvieran
por lo del disfraz no sería gran cosa. Probablemente no le pondrían más que una
multa y le soltarían algunas palabras de advertencia. Aun así, lo último que
queda Sheila era que la bofia reparase en ella. Podían descubrir todos los
secretos de Sheila Newberry, si no lo habían hecho ya.
No tenía otra opción que escapar.
Si no de manera definitiva, sí el tiempo suficiente para calibrar el grado de
peligro. Quizá no se presentara otra oportunidad.
De modo que cuando el autobús se
acercaba a la parada de Glenview, a dos manzanas de su casa, Sheila saltó del
vehículo justo cuando el conductor se disponía a cerrar la puerta.
Habían estado bordeando Glenview
Park; en ese momento Sheila entró en el parque y se volvió para mirar el
autobús.
¡Era asombroso! 0 bien había
pillado a los polis echando una cabezada, o bien éstos habían subido al autobús
con otro propósito imposible de adivinar. En cualquier caso, no bajaron, y las
luces traseras del vehículo se alejaron en la distancia, aliviando el temor de
Sheila.
Esperó otro minuto y analizó la
situación mientras se tocaba la peluca con el dedo para verificar que estuviera
bien colocada.
De repente, en un extremo de su
campo visual surgió una sombra. Cuando se volvió de pronto se encontró con la
visión momentánea de unos ojos de viejo en una cara aniñada antes de que un
brazo la agarrara por el cuello.
-Te dije que íbamos por el mismo
camino. Habrías podido ahorrarte el billete de autobús, pequeña.
Sheila desapareció y Bobby De
Marco luchó con fiereza, golpeando y dando patadas con sus músculos de hombre,
impulsado por la rabia y el miedo. A pesar del brazo que tiraba de él, Bobby
podía con el hombre, lo rechazaba, hasta que el atacante hurgó en su bolsillo,
sacó un trozo de tubería de plomo y lo levantó por encima de la cabeza de Bobby
mientras seguía agarrándole fuertemente el cuello con el otro brazo.
En ese segundo final, de la boca
de una mujer salió un grito sofocado de hombre... Bobby trataba de negar a
Sheila.
La tubería de plomo aplastó el
cráneo de Bobby.
Bobby De Marco estaba muerto.