JAIME BAYLY - MI PADRE Y YO



           Acaba de celebrarse el día del padre. Pasé el día, para variar,
           subido en un avión. Pero tuve tiempo de estar en Lima para darle un
           abrazo a mi padre.
           No me gustan el día del padre, de la madre o los días así. Siento
           que son una trampa comercial. Algún vendedor astuto se inventó esa
           idea para hacernos comprar chocolates, corbatas, perfumes y mil
           cosas más. No es que sea un tacaño, pero no me gusta que me obliguen
           a hacer un regalo.
           A mi padre le regalé una botella de whisky por su día. Yo no tomo
           whisky. Mi padre tiene una cabeza admirable para el trago. Yo tengo
           la resistencia alcohólica de un picaflor. Si mi padre y yo tomásemos
           juntos esa botella, me tendría que llevar cargado a la clínica
           Americana.
           Una de las cosas que más admiro de mi padre es su capacidad de
           trabajo. Mi padre siempre ha trabajado duro. No lo recuerdo tomando
           vacaciones. Yo, en cambio, no sé lo que es trabajar. Mi vida es una
           vacación, una larga y serena vacación. Yo trabajo un mes al año y el
           resto del tiempo me dedico a la reflexión, el análisis de los
           acontecimientos globales y el ocio creativo.
           Mi padre es un hombre muy generoso. Tiene diez hijos. ¿Hay una mejor
           prueba de generosidad que esa? Yo, si tuviera diez hijos, haría
           todos los años una teletón para recaudar fondos que cubran sus
           gastos de colegio y universidad. Yo tengo apenas dos hijas y sólo en
           comprarles las bolsas de chizitos que vienen con figuritas de
           pokémon me gasto el 30% de mis ingresos después de impuestos.
           A veces pienso que no he sabido darle muchas felicidades a mi padre.
           He sido un hijo torpe, egoísta y rebelde. Cuando estaba por terminar
           el colegio, yo sentía que mi padre quería hacerme marino. Yo no
           quería ser marino. A mí me gusta el mar pero sólo para verlo desde
           una terraza techada y con bocaditos. Ni siquiera me gustan las
           piscinas. Aquí afuera tengo una, pero nunca me baño en ella porque
           juro que he visto una culebra negra nadando allí. Lo cierto es que
           no pude ser marino porque ni siquiera aprendí a tirarme de cabecita
           al agua. En cosas del mar, me siento más boliviano que peruano.
           Incluso los domingos, mi padre se levanta muy temprano. Como buen
           hombre de trabajo, es madrugador. Sale de la cama al amanecer, toma
           un desayuno rápido y se va a trabajar o, si es domingo, a misa. Yo,
           cuando madrugo, me levanto a las nueve de la mañana. Entre las seis
           y las nueve de la mañana, mi cerebro entra en estado vegetal. Caigo
           en un semi-coma profundo. Por eso no me acuerdo nada del colegio. Me
           llevaban a las siete de la mañana, me sentaba en mi carpeta y
           dormitaba mudo y aturdido como un balsero en alta mar. Yo debí ir a
           un colegio nocturno. Ahora sería un profesional.
           Tengo recuerdos muy bonitos de mi padre. Por ejemplo, un viaje que
           hicimos juntos, cuando era un niño, a Piura, mil kilómetros al norte
           de Lima, en un auto americano muy bonito que mi padre manejaba con
           suma destreza. Nada era mejor que parar en la carretera a tomar algo
           y conversar, ni siquiera contar los postes de kilómetros era mejor
           que eso. También recuerdo una excursión de caza en la que mi padre
           trató de educarme en el uso de las armas de fuego y el andar a lomo
           de mula. Fue una alegría correr en mula con mi hermano menor y
           descubrir que esos mansos animales tenían un cociente intelectual
           ligeramente superior al mío.
           Pero quizás el recuerdo más cálido que tengo de mi padre es la noche
           en que un policía contratado por él me encontró en el estadio
           nacional de Lima, vivando al equipo de mis amores, el Cristal. Yo me
           había escapado de la casa de mis padres. Llevaba una semana viviendo
           en un hostal de Miraflores. Para dar conmigo, mi padre contrató a un
           policía y le sugirió que me buscase en el estadio aquel sábado en la
           noche. Yo estaba gritando como un energúmeno el gol de Cristal
           -avance zigzagueante y definición certera de Percy El Trucha Rojas-
           cuando el agente me invitó a salir tranquilamente de las tribunas.
           Siempre he sido un hombre pacífico: evité el combate desigual, me
           entregué sin hacer desmanes y salimos comentando el golazo de Percy.
           Afuera me esperaba mi padre. Pensé que estaría molesto y me diría
           cosas fuertes. Pero no fue así. Me saludó con cariño, me dio un
           abrazo y me preguntó si quería seguir viendo el partido. Nunca
           olvidaré esa noche en que mi padre me hizo sentir que el triunfo de
           Cristal era mucho más imporante que esa pasajera peleílla familiar.
           Tampoco he olvidado la cara risueña con la que me miró cuando
           entramos al cuarto del hostal y vio las revistas porno tiradas al
           pie de mi cama. Las revistas las decomisó el policía con gesto
           adusto. ¿Cuándo me las va a devolver, señor?
           Feliz día, papá. Gracias por ser mi amigo. Te quiero mucho.