Si tuviéramos que describir un arroyo diríamos que corresponde a un curso de agua que se desplaza siguiendo una pendiente, desde su nacimiento hasta llegar a otro mayor o directamente a un mar. En nuestro país, a los más pequeños, no navegables, se les denomina cañadas.

¿Si tuviéramos que ponerle alma?

En ese caso puede ser el mismo curso de agua, pero agregándole comentarios acerca de lo vivido en su entorno, y dándole gracias a la naturaleza por allí haberlo puesto. Esto puede darse con cualquier curso de agua; de hecho tenemos infinidad de canciones y de poesías referidas a ello en todo el mundo.

¿A la Cañada Bellaca, alguien le cantó alguna vez? No, hasta donde puedo saber.

¿Es que nadie la quiso? ¿Es que nadie allí se enamoró? ¿Es que en sus aguas no hubo tragedias? ¿O es que todo se olvida?

Si escucháramos su voz, le oiríamos decir que desde la creación fue feliz cumpliendo con su misión de llevar el fruto de su fuente hasta el destino natural rumbo al mar. Nos contaría que cuando los primeros humanos habitaron sus márgenes ella los convidó con sus vírgenes aguas y que posteriormente los indios cazaron en su entorno, alimentándose con frutos silvestres. Nosotros no lo vivimos, pero ella sí y, entre los dulces acordes de la melodía de sus aguas, eso se escucharía.

Más cerca en el tiempo, aparece el hombre moderno y la historia empieza a escribirse. Desde la época de la colonia los campos se fueron dividiendo y fue un ciudadano inglés, aficionado a la caza, que se enamoró de la fertilidad de la tierra y de la belleza del lugar adquiriendo varias fracciones en la margen izquierda de nuestra cañada. Su nombre era Tomás Tomkinson. En la segunda mitad del Siglo XlX edifica una casa de descanso y funda lo que fue la chacra "La Selva". Construyó dos represas que generaron sendos lagos, en los cuales, los muchachos de la época, me contaban de los enormes bagres y tarariras que allí pescaban. (Me pregunto cuánta verdad y cuánta fantasía en esos octogenarios cuentos. Pero así los escuché).

En la segunda represa, una vez constituído el parque público, (abril de 1932) el municipio construyó un edificio para servicios higiénicos tomando el agua con una bomba desde el mismo lago. Actualmente sólo quedan restos de todo aquello. Desde allí hasta el Camino Cibils ella se desliza entre el parque en su margen izquierda y los campos de la familia Myette en la margen derecha. Familia de alfalferos, cuya casa era el edificio donde hoy funciona la escuela Nº 188. Ese lugar actualmente corresponde al barrio "Las Torres".

Continuando su recorrido, luego de pasar Cibils, el cauce hace una pronunciada curva hacia la izquierda para luego de compensarla, irse hacia los fondos de la escuela Nº 150, buscando la desembocadura en el arroyo Pantanoso. Se desliza entre las propiedades que fueron de las familias Cabrera, Peyrá, y de mis abuelos.

Familia Cabrera

La familia Cabrera era de inmigrantes canarios. El padre se llamaba Toribio y tuvo seis hijos: Toribio, Felipe, Félix, Gapo, Sara y Felicia. Esta última, ya mayor, fallece ahogada en las aguas de la cañada arrastrada por una creciente. Nunca se supo si fue accidente o suicidio. La vivienda era de terrón y techo de paja, con la clásica puerta de media hoja manteniendo la de abajo generalmente cerrada para evitar la entrada de los perros. Inolvidable el gusto de la cerveza negra elaborada por Sara, con un dejo dulzón similar a la malta. Imaginen lo que sentía un niño de seis u ocho años cuando su mamá le decía: "Andá hasta lo de Sara y llevale estos huevos, ¡no te caigas!".Ese niño no se caía porque "iba volando" por los senderos de tierra (por supuesto descalzo), pero… ¿Por qué tanta obediencia? Él sabía que al final de la carrera estaba aquella viejita que, a pesar de tener un pañuelo sobre su encanecida cabeza coronando su encorvada figura, a pesar de tener aquellos labios hundidos sobre la prominente mandíbula y un lunar con pelos en su mejilla izquierda, seguramente ella con maternal gesto le diría: ¿querés cerveza? La más esperada de las preguntas tenía de antemano pronta la respuesta. Sólo mediaba que fuera hasta el pozo y elevando un balde retirara de él una botella de barro cocido (cerámica) con tapón de loza y goma conteniendo el deseado elixir. Vuelta a casa: "Mamá, Sara me dio cerveza". "Muy bien", por toda respuesta.

Esta familia, el más absoluto ejemplo de buen vecino, (de lo que no se hablaba pero sí se practicaba) vivía de cultivar su tierra manejando una economía de subsistencia vendiendo lo que no consumían. Disfrutaban del bien ganado afecto y respeto de sus vecinos a los cuales siempre ayudaban en las tareas en que fuera necesario. Eran los únicos del lugar que tenían una carreta tirada por bueyes, la que era usada para acarrear alfalfa o chala hacia los galpones. Mi hermano Jorge y quien ésto escribe, siempre peleábamos por ser el primero en subirse a la punta de la parva transportada en la carreta. ¿Es que podría haber más lindo paseo? También vinculado a esa carreta, recuerdo una vez que a un señor ruso que trabajaba y vivía en la casa de mis padres, se le ocurrió mover un camioncito para poder cargarlo mejor. Sucedió que en vez de poner marcha adelante puso marcha atrás y dicho vehículo terminó al final de una amplia escalera en el fondo de un sótano. Atribulado, el novel conductor, (mi padre no estaba) sin saber cómo arreglar aquel pastel, decide llamar a Toribio y Felipe quienes una vez más me permitieron ver cómo aquellas enormes bestias parsimoniosamente guiadas con el "Ohhh, Ohhh, Ohhh" trabajaban, y poco a poco aquel camioncito fue saliendo a la luz desde las penumbras de un sótano al cual nunca tendría que haber bajado.

Los hermanos Cabrera, salvo Félix, no tuvieron descendencia. Fueron falleciendo en la década del cincuenta. Quedó de ellos el recuerdo de un grupo de hermanos solteros, buenos vecinos, dispuestos siempre a dar una mano; en mí la imborrable imagen de ver llorar a mi padre al recibir la noticia: ¡Había muerto Sara!

Del posterior abandono, destrucción y desaparición del rancho: nada recuerdo. Tal vez mejor así sea. Es una manera de evitar el dolor que produce la desaparición de un entorno en el cual fuimos felices. Sí sé, que en ese lugar, posteriormente, se instaló la curtiembre "Pieldoro", que durante años fue fuente de trabajo para muchos amigos y vecinos.

Domingos de camping

Tenemos que referirnos a la Cañada Bellaca y sin embargo nos estamos extendiendo, aparentemente, con otros temas. Dije y reafirmo lo de aparentemente, porque si tomamos el curso de agua como tal, no es más que eso, si tomamos cada una de las historias mencionadas como tales, tampoco son más que eso; pero cada una es lo que es en función de lo otro. Todo es un contexto armónico en el que cada cosa y cada historia tienen su lugar y su espacio en el tiempo. Los asentamientos familiares se hicieron en ese lugar porque allí estaba el agua, y las historias surgen porque alrededor del agua hay seres humanos, hay vida. La pretendida historia de la cañada es la de la vida que por ella, en ella, y a su alrededor transcurre.

Cometeríamos una falta si no mencionamos que en las primeras décadas del siglo XX era costumbre que grupos de italianos, generalmente empleados de grandes casas comerciales, usando el Ferrocarril del Norte, llegaban a Paso de la Arena y acampaban precisamente en las orillas de la bellaca cañada. He visto una foto de uno de esos eventos y me llamó la atención los varios instrumentos musicales y el hecho que estaban todos de cuello y corbata, además que no había ninguna dama. Tuve la suerte de ver en ella al viejito Toribio, según mi padre me lo señaló. Olvidé lo obvio: Todos con sombrero, y algún niño, que lo había, con gorra.

Los campos de la familia Peyrá se extendían desde la margen derecha hasta la calle Edelmiro Mañé (hoy Mirungá). Su casa aún se mantiene en Cibils y Mirungá. En esos campos vivía "El Griego". Para nosotros niños un misterioso personaje por varias razones.

Vivía solo, elemento suficiente en aquella época para marcar la diferencia, aunque no lo crean. Era ermitaño, pues no tenía vínculo con sus vecinos. Su rancho era el único lugar al cual nunca entramos, ni nos acercamos. Estaba rodeado de transparentes que impedían poder visualizarlo. A él, sólo lo veíamos cuando sembraba maíz, pero siempre desde lejos, no le conocimos la cara ni la voz. Tampoco se comunicaba con nuestros padres. En suma, para nosotros niños, todo un misterio el origen y la vida de ese hombre que ocuparon nuestra nunca satisfecha curiosidad.

También debemos mencionar que, finalizando la década de los cuarenta, un Sr. de apellido Morixe, instala una planta procesadora de tomate llamada Acarú. Vemos sus restos en el cruce de Camino Cibils y la cañada. La hora de entrada y salida del personal se marcaba con un pito a vapor que si hoy lo escuchara lo reconocería al instante. Con ella llegó la automatización al barrio, pues tenía una máquina que sellaba las latitas, pero… ¡a mano y una a una!

¿Qué nos dejó la cañada?

Cariño, apego, grata imagen, agradecimiento, todo ello reunido en una sola palabra: nostalgia. Sólo evocar su nombre nos ilumina la mirada como fiel reflejo de la alegría del alma. Quién puede olvidarse haber visto de lejos su cauce, bordeado de añosos sauces, con aquella lengua de tierra formada por la segunda curva, siempre verde siempre fresca, en la cual un tajamar oficiaba de piscina. Sus extensos cartuchales, que teñían de blanco toda la superficie a ambos lados del cauce extendiéndose entre el verde follaje, hasta donde la vista lo permitía. Sus aguas transparentes que muchas veces, sin reparos, saciaron nuestra sed. Las expediciones "de pesca" que hacíamos a los remansos donde con coladores (sustraídos de la cocina) atados a un palo, juntábamos suficientes mojarritas como para llenar frascos de vidrio que con gran ilusión llevábamos a nuestra madre para que "nos cocinara pescado". Nos dio la oportunidad de ser indios (del Siglo XX), pues después de colocarnos las plumas en la cabeza (pobres gallinas), nos armábamos con arcos, flechas, lanzas y dardos, constituyéndonos en un verdadero Malón que asustaba a cualquier desprevenido, siendo ese entorno natural, ideal para aquellas correrías.

Nos dejó también la ilusión frustrada de ser ingenieros. Como en aquella época tanto se hablaba de la "gran represa" de Rincón del Bonete, nosotros niños y "dueños de nuestro río", también como "grandes ingenieros" en un estrechamiento del cauce construimos la nuestra, cuyas tablas allí quedaron enterradas para siempre.

El susto de la crecida

No todo fue tan lindo. En alguna oportunidad supo darnos miedo. Es que cuando llovía mucho, en pocas horas crecía y como la margen derecha era más baja, en algunos sectores se inundaba. Un viejo puente hecho con troncos y sin barandas nos permitía cruzar a ese lado. Sabíamos cuándo iba a crecer y con mis hermanos íbamos a ver aquél espectáculo que realmente asustaba. Toda la parte baja se transformaba en un tumultuoso torrente cuyo sonido imitaba al de un mar embravecido. Una vez, luego de horas de lluvia decidí ir solo a ver aquel siempre renovado espectáculo. Como aún lo permitía crucé el mencionado puente hacia la zona baja para ver mejor cómo venía la crecida viéndome de repente lejos de él y ya con una lengua de agua bloqueando mi retorno; aprendí lo que es sentir pánico, sin nadie a quién gritar sabía que quedarme allí significaba que me ahogaba. ¡¡Qué dirían mis padres!! No había otra alternativa que volver, cosa que hice atravesando unos quince metros de correntada con el agua hasta la rodilla, para llegar hasta el más hermoso (para mí en ese momento) de los puentes del mundo. Ya del lado seguro miro hacia atrás y era todo un inmenso mar imparable. Empapado y asustado, corrí y corrí hasta mi casa buscando el calor de la cocina a leña y la atención de mi madre. ¿Qué si le conté lo que me había pasado? ¡¡Por supuesto que no!! ¿Para qué? ¡Todavía una paliza encima! Hasta hoy me pregunto si a Felicia le habrá pasado lo mismo.

Analizando el relato nos preguntamos ¿Cómo ese niño solo frente a tamaño riesgo? Adelantándome a la respuesta les digo: Era así. Siempre andábamos en grupos por diferentes lugares y nuestros padres tranquilos. Esa vez estaba solo.

Amor en la cañada

¿Y el amor? Exultante expresión de ello y de vida es la naturaleza en primavera. Las aves con sus cortejos, las flores, los cultivos, el perfume de azahares, nos envuelven invitándonos a participar. Nosotros, ya adolescentes, algunos más creciditos que otros, participábamos de esa fiesta. Teníamos nuestro cuadro de futbol y como todo, cuando podíamos lo armábamos y jugábamos. Una mezcla de decepción y enojo era cuando al invitar al que era el mejor goleador del cuadro, reiteradamente negaba su concurrencia. No entendíamos el por qué, y su timidez le impedía darnos explicaciones. Lo que no le impedía era irse con su proyecto de noviecita a pasar idílicos momentos en aquel paraíso. Pasó el tiempo y ese proyecto nacido a orillas de "la bellaca" cristalizó en una hermosa familia con hijos, nietos y todo lo necesario para ser dignamente felices.

Pues bien, de diferentes maneras a través de este relato he querido darles a ustedes, pinceladas sobre una corriente de agua que se encuentra en el lugar donde pasamos nuestra infancia y adolescencia. Historias que se corporizan a través de vivencias, en este caso mías, pero que seguramente muchas más las hay y las hubo. ¿Se habrán escrito?

Muchas personas ni saben de su existencia. Muchos pasan a diario sobre ella en el puente de Camino Cibils y no lo registran. Otros la ven sin que despierte en ellos ningún sentimiento. También hay quienes la usan de basurero, lamentablemente.

En lo personal, aquello ya murió. La necesaria canalización la rectificó en parte, y destruyó sus floridas márgenes. Todo lo relatado ya fue. Esas imágenes quedarán en el recuerdo de quienes las grabaron, mientras vivan, después… después: los niños ahora allí no juegan, ni juntan flores silvestres para sus madres.

Rómulo Guerrini