Esta es una historia como tantas, parecida a la de muchos de ustedes, que narra las vivencias cotidianas que trascurría acá, en ésta querida zona oeste.

Es el fiel reflejo de lo que fue una época no tan lejana en el tiempo, pero si tan diferente, en donde la niñez era esa maravillosa etapa de la vida en que éramos felices, muy felices con casi nada. Nos bastaba algunas latas, cuerdas, corchos viejos, algún cartón, papel de diario y en el mejor de los caso, "papel de estraza", para crear los juegos más ingeniosos y fantásticos, pasábamos horas creando y divirtiéndonos. Chapotear en los charcos y mojarnos hasta las rodillas, pisar la escarcha o correr como desaforados bajo la lluvia era maravilloso.

También era una fiesta ir a la casa de los abuelos ya sea a pasar unos días o de paseo. La figura de ellos a pesar de sus rezongos y los "pellizco o coscorrones" correctivo, que en esa época era muy común que nos dieran, a pesar de las siestas obligadas y alguna otra reprimenda como dejarnos sin ver a "Pilán" o "Bonanza", nos marcó para siempre; porque siempre primó el cariño y amor que nos dieron, esos tiempos compartidos, esa vivencias para nosotros increíbles. Por cierto, nadie tuvo que hacer terapia para superar las reprimendas o los rezongos. Lo que perduró en el tiempo fueron sus enseñanzas, los límites que nos pusieron y el respecto que nos trasmitieron y su amor.

Abuelo Florencio

Dejar volar la imaginación, cerrar los ojos y volver atrás, a ese tiempo lejano de nuestra niñez. Entonces lo visualizo, allí bajo el parral, tijera de podar en mano, camisa impecablemente blanca, -lavada con "azul" y planchada con "almidón"- bombacha azul, alpargatas negras, faja azul, ancha, a la cintura, oculta tras ella, una bolsita de "rapé". De tez blanca, muy blanca, rubio y muy finito cabello, cubierto con boina negra, destacan más aún su profunda mirada de ojos verdes, penetrantes, apacible, dulces. Allí podando el parral estaba Florencio, el abuelo.

Los retorcidos troncos del parral trepan sobre alambres tensados y columnas de material, y esparce sus frutos que cuelgan provocando la gran tentación de "robar" algunos granos. El abuelo observa, esboza una diminuta sonrisa, pero aún así sentencia: "ni se les ocurra!!!las uvas no se tocan hasta que estén bien maduras" y agrega, vaya para el gallinero ayudar a su abuela que está recogiendo huevos.

Como correspondía por aquellos años de los ’60, no pasaba ni por asomo, contradecir la orden de los mayores y allá se iba.

En el fondo, retirado unos metros apenas del viejo rancho de "adobe y paja" el gran gallinero -con árbol dentro incluído- era el recinto en el que convivían, gallinas, gallos, gansos y patos. En el medio del alboroto allí estaba la abuela María Angélica, tirando maíz y juntando huevos que con gran esmero colocaba en una canasta de mimbre. Al ver la diminuta figura se alegra y dice, "pasa mija y ayúdame a recoger". Esta tarea era por demás divertida, permitían entrar y jugar con las aves mientras se ayudaba a la abuela. Era una gran fiesta estar dentro del gallinero, la mayoría de las veces sólo había que conformarse con tirarle las "sobras" de la comida desde afuera.

Un poco más atrás estaban los conejos al que día tras día había que salir a buscar su tan sabroso alimento, el hinojo. En frente desafiantes dos perros "atados", ellos que no habían tenido la misma suerte que "Negrita" y "Káiser" que jugueteaban por todo el terreno al libre albedrío,

Un poco más retirado el baño. Sí, allá tan lejos del rancho estaba.

La comida de la abuela

La abuela María Angélica era más castaña que el abuelo, cabello negro con pequeños rulitos, de comprensión gruesa, siempre de vestido floreado, delantal con peto, medias gruesas y unos zapatos de tela. Con más arrugas que el abuelo a pesar que no había diferencia de edad, un poco tosca, se caracterizaba por su sonrisa y aquellos dos hoyuelos cercanos a la comisura de sus labios.

La abuela era una "genia" para cocinar, ella hacía la sopa más rica del mundo; el "cabello de ángel" y "entrefino" era los fideos que siempre usaba y este rico alimento no faltaba nunca en la mesa, tanto para el almuerzo como para la cena.

Una vez a la semana puchero, guiso, la pasta casera de jueves y domingos (preferentemente tallarines y ravioles) eran acompañado de variados menú. Todo era un deleite para el paladar, y ni que hablar de los boniatos asados, había disputa por quién comía más, aunque las raciones siempre eran dispuesta según lo que indicara la abuela. De postre la clásica fruta, de estación y si no era época, las manzanas, naranjas y bananas que se compraba en la feria de los jueves en Paso de la Arena. También algunos días para el almuerzo tocaba postre casero.

"Qué nadie toque la fruta", sentenciaba el abuelo Florencio, es que hasta que él no diera la orden de que estaban a punto para comer no se podían arrancar. Y es más, sólo los abuelos cosechaban las frutas y verduras, que en abundancia había para el consumo familiar.

Siesta sagrada

La hora de la siesta era sagrada, después de comer, levantar la mesa, ir a tirar las "sobras a los bichos" y lavar los platos, venía el religioso descanso de una hora, hora y media, no más.

El rancho tenía una distribución básica, puerta al frente que ingresaba a un largo pasillo en donde convergían las otras habitaciones. A la amplia cocina, la seguía "la pieza" de los abuelos, y más atrás, "la pieza de los nietos" el mayor de los nietos vivía con los abuelos desde pequeño por ende era su habitación. En ella una cama grande muy linda, que nadie podía tocar si él estaba, pegada a la misma, otra cama era usada para el resto de los nietos que fueran de vacaciones o estuvieran de visita. Mis primos vivían en un apartamento al fondo, pero solían estar todo el tiempo en el frente, más aún si uno de nietos pequeños estaba. Allí la diversión era completa; Miguel y "La pequeña Lulú" eran primos y muy compinches, quizás porque se llevaban sólo cinco meses de diferencia y porque desde muy chicos compartieron muchas cosas, escuela, paseos, picardías y vivencias como ésta que les voy a contar. Era acostarse y comenzaban a reír, y eso enfadaba a la abuela que quería descansar. Todo comenzaba cuándo sentían algo que se arrastraba, y ya sabían lo que seguía, es que la abuela tenía la costumbre de guardar una canasta de mimbre llena de frutas debajo de la cama, sí debajo de la cama, y ni bien se acostaba la corría para darles la porción de postre, media manzana, media banana y una naranja para cada uno, ese ritual les causaba mucha risa a los pequeños. Ni bien empezaban a degustar aquel manjar, cuando a los pocos minutos se sentía otra vez, arrastrar el canasto, es que la abuela iba por su segunda porción. Nuevamente las risas hasta que desde la otra pieza, que por cierto se oía clarito, ya que sus paredes no llegaban hasta el techo de paja, se sentía gritar a la abuela, "chisssss cállense y duerman un rato". Pero las risas "bajitas", las muecas, gestos y hablar por señas no cesaban. Jugaban a quién descubría más imagen (las que, muchas veces sólo ellos podía ver) en aquellas mancha de humedad que había en las paredes de adobe pintadas de cal blanca, la imaginación volaba, se encontraban en aquellas paredes todo tipo de caras, animales, y hermosos paisajes, ¡se era feliz con tan poco!

Cuando los abuelos comenzaban a "roncar" aquellos pícaros niños se deslizábamos suavemente, procurando no hacer ruido y se escabullían para afuera. No siempre lo lograban de primera, y se sentía el grito de, "vuelvan a la cama, ya".

Los frutales de la quinta

"En mi quinta hay cien árboles bellos" como dijera nuestra gran poetiza, Juana de Ibarbourou. Así era, en aquel no tan extenso predio convivían los frutales más variados, higueras "gotita de miel y brevas", parral de uva "chinche", blanca y moscatel, ciruelos rojos, blancos y "botellita", naranjos, limoneros, duraznero, mandarinas, nísperos, castañas, manzanas, peras, guindas y un gran nogal que daba abundante nueces.

Aquellos frutos que se volvían inalcanzable hasta que el abuelo Florencio comenzaba a cosechar, y trajo más que un dolor de panza, cuando aquella inocencia infantil y con la complicidad de una siesta, aquellos primos salían a escondidas a comer. Claro está, aquellas frutas estivales que sigilosamente cortaban y comían a escondidas, estaban a pleno rayo del sol, entre las 14 y 15 horas que duraba la siestita; por ende caliente provocaban las consecuencias que todos imaginan. Como si fuera poco atrás venía el rezongo cuando la abuela Angélica preguntaba, "quién comió tangerinas? Y la respuesta al unísono era de: "nadie" mientras aquellos pequeñuelos despedían un olor que inundaba el lugar. Inocencia o picardía de niños que se dice, y que muchas veces veían con la represaría, "mañana no se levantan de la siesta hasta que yo lo haga".

La quiniela clandestina

El abuelo Florencio era catador de vinos, pero para incrementar la entrada de dinero, también incursionó en otro rubro bien distinto por cierto, levantar quiniela "clandestina", tarea que por cierto era muy común hace cincuenta años atrás. Para no quedarse atrás, también "levantaba algo de apuesta a los burros". Un señor era quién le proporcionaba las boletas y luego levantaba el juego. La abuela recibía a los que iban a su casa y hacía el juego, la redoblona era la más solicitada. El abuelo iba a las fábricas y comercios de la zona y "La pequeña Lulú" iba casa por casa de los clientes fijos, me acuerdo de algunos, "Doña Nieves", "lo de Picherno", "lo de Chichita del Herrero" todos en la misma cuadra.

El sorteo se trasmitía puntualmente a las cinco de la tarde y era común que todos sintonizaran CX 10 en aquellas viejas y grandes radios a válvula. Cuando salía el 13, 17 o 25 seguro había muchos, "que lo agarraban"; por eso al otro día "el rancho" era un hervidero gente feliz, que venían a cobrar.

Queda mucho para contar, los remedios caseros, los paseos, la lotería del domingo, los mandados, en fin si les parece les seguimos contando. Una aclaración, "El Ro" Guerrini, se ha tomado una merecidas vacaciones, pero ya volverá también con sus historias.

P.D: esta narración es un "gustito" que queríamos darnos y con ella, rendir homenaje a mis queridos abuelos María Angélica Delgado y Florencio Delgado. Si, ambos Delgado, también ésto da para otra historia…

Myriam Villasante