La verdad que hace tiempo que queríamos hablar de este tema, pues cada día se agrava más y en lo personal, no sé exactamente cuál es el sentimiento que me produce, si enfado, indignación o tristeza.

¿De qué hablamos?

De la disconformidad con todo, el descontento, la crítica permanente, es como que la gente vive en un desasosiego, una constante ira, una bronca la que muchas veces, se traduce en violencia. Hoy nos quejamos por todo, criticamos a todos y lo queremos todo, -no importa si lo necesitamos o no- pero como otros lo tienen, seguramente sea bueno poseerlo.

Los lugares de descarga son múltiples, las redes sociales, -que como mencionáramos en nuestro pasado editorial- llegaron para quedarse, y es una buena herramienta de comunicación si es bien utilizada, pero a su vez, puede llegar a ser y de hecho ya ha comenzado.- un arma de destrucción. Cualquier cibernauta recoge de otras personas, otros portales, medios de comunicación, la información que quiere y la utiliza a su antojo, ya sea para promover, criticar, descontextualizar y hacer catarsis.

Nos resulta triste también, como se han perdido la intimidad, se publica las cosas más inverosímiles, las que nunca se nos ocurriría comentar a los amigos y mucho menos hacerlo público, pero bue…. Son los tiempos que corren y que no sabemos hasta donde llegarán.

Parece que hoy todos somos sabelotodo, hablamos de lo que queremos sin tener la menor idea muchas veces del tema que se trata, ni haber profundizado en él.

Claro está, que la disconformidad, la liviandad e impunidad con la que se habla de todo, no es exclusivo de las redes sociales, los medios de comunicación y los mediáticos, también es común ir a una reunión, a eventos, a actividades, en una sala de espera, en el ómnibus, y ver cómo se hace catarsis. Se aprovecha tener un micrófono, o simplemente tener audiencia para exteriorizar el descontento, la bronca, lo que se piensa.

Lo raro de todo ésto es que cada vez menos se transmite las buenas acciones, lo positivo, las demostraciones de afecto, la buena energía. Me cuesta creer que todo esté tan mal, que haya tanta infelicidad, porque venimos de otra época en la que no necesitamos tantas cosas para ser felices, en la que nos era grato saludar con alegría, en la que no exigíamos tanto de los demás, porque sabíamos que en nuestra esencia estaba procurar las cosas por nosotros mismo, dar y no esperar a que nos facilitaran todo. Teníamos orgullo, sabíamos cuáles eran nuestras obligaciones, que rol jugar y hacernos cargo de lo que nos correspondía, para mejorar todos juntos en bien de la comunidad.

No diría que estamos vivimos tiempos difíciles, sólo son tiempos revueltos.

Myriam Villasante

Directora